Hay días en los que una preocupación parece quitarnos completamente las ganas de comer. En otros momentos ocurre justamente lo contrario: sentimos deseos constantes de picar algo, buscamos alimentos especialmente apetecibles o seguimos comiendo aunque nuestro cuerpo probablemente ya esté satisfecho.
El estrés puede influir en nuestra relación con la comida, pero no todas las personas reaccionamos de la misma manera. Mientras algunas experimentan mayor apetito, otras pueden perderlo temporalmente o tener más dificultades para reconocer cuándo realmente tienen hambre o están satisfechas.
Hambre y apetito no son exactamente lo mismo

Aunque solemos utilizar ambos términos como si fueran iguales, existen algunas diferencias.
El hambre responde principalmente a una necesidad fisiológica de obtener energía y nutrientes. Podemos experimentarla mediante diferentes señales, como sensación de vacío en el estómago, cansancio, irritabilidad o dificultades para concentrarnos.
El apetito, en cambio, es el deseo de comer. Puede aparecer simplemente porque vemos un plato que nos encanta, percibimos un aroma agradable o asociamos determinado alimento con una sensación de bienestar.
Por otro lado, la saciedad nos ayuda a reconocer que hemos comido suficiente. Esta sensación se desarrolla durante y después de la comida mediante diferentes señales del organismo.
¿Qué ocurre cuando estamos estresados?

Cuando atravesamos una situación estresante, nuestro organismo activa diferentes mecanismos para responder a aquello que interpreta como una amenaza.
Ante un episodio intenso y puntual, algunas personas pueden experimentar falta de apetito, náuseas leves o esa conocida sensación de tener el “estómago cerrado”.
Cuando el estrés se prolonga, la respuesta puede ser diferente. Hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol, también participan en procesos vinculados con la regulación de la energía y el apetito. Sin embargo, esto no significa que el cortisol determine por sí solo cuánto comemos o si aumentaremos de peso.
Podemos dejar de escuchar las señales del cuerpo

El problema también puede estar relacionado con nuestra atención.
Cuando tenemos demasiadas preocupaciones, es posible pasar varias horas sin darnos cuenta de que tenemos hambre y posteriormente llegar a una comida con un apetito mucho mayor.
También puede suceder lo contrario: abrir varias veces la nevera mientras esperamos una noticia, trabajamos bajo presión o atravesamos una situación complicada. En estos casos, comer puede funcionar momentáneamente como una distracción o una forma de encontrar cierto alivio.
Además, si comemos rápidamente, mirando el teléfono o pensando constantemente en nuestros problemas, podemos prestar menos atención a las señales que indican que estamos satisfechos.
El descanso también influye

Estrés y sueño suelen estar estrechamente relacionados.
Dormir mal puede dejarnos con menos energía para cocinar, organizar nuestras comidas o tomar decisiones con tranquilidad. Si además comenzamos a saltarnos comidas, podemos terminar el día con mucha hambre y elegir simplemente aquello que tenemos más disponible.
Por eso, los cambios en nuestra alimentación durante periodos estresantes no dependen exclusivamente de las hormonas. El cansancio, nuestras rutinas, el entorno y las emociones también pueden intervenir.
Comer por emociones no siempre es algo negativo

La comida también forma parte de nuestra vida emocional y social.
Compartir un postre, preparar una receta familiar o disfrutar nuestra comida favorita después de un día complicado puede proporcionarnos bienestar.
El problema puede aparecer cuando comer se convierte prácticamente en nuestra única herramienta para afrontar el estrés o cuando esta conducta comienza a alterar de manera constante nuestra alimentación.
Pequeños cambios pueden ayudarnos

En lugar de intentar controlar obsesivamente cada alimento, podemos comenzar observando nuestros patrones.
Mantener horarios relativamente regulares, evitar pasar demasiadas horas sin comer, reducir algunas distracciones durante las comidas y tener opciones sencillas y nutritivas disponibles puede ayudarnos a recuperar cierta conexión con nuestras señales de hambre y saciedad.
También podemos buscar otras maneras de aliviar la tensión: caminar, escuchar música, conversar con alguien, descansar o realizar alguna actividad que disfrutemos.
El objetivo no debería ser convertir la alimentación en otra fuente de estrés, sino entender mejor cómo responde nuestro cuerpo cuando atravesamos momentos difíciles.
¿Cuándo deberíamos prestar más atención?

Si la falta de apetito persiste, aparecen cambios de peso que no buscamos, disminuye nuestra fuerza o existen síntomas digestivos frecuentes, es recomendable consultar con un profesional sanitario.
Lo mismo ocurre si sentimos culpa intensa después de comer, tenemos episodios frecuentes de pérdida de control o alternamos periodos de restricción con ingestas excesivas.
El estrés puede cambiar nuestra forma de comer, pero no deberíamos atribuirle automáticamente cualquier cambio. Escuchar las señales del cuerpo y observar nuestros hábitos puede ayudarnos a distinguir entre una reacción puntual y una situación que necesita mayor atención.
